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Fin del viaje: Un Nuevo Comienzo
El
Everest no se escala para llegar a la cima, ni para acrecentar tu
imagen, ni para conquistar a la Naturaleza o a otros seres humanos. Si
es por eso por lo que has venido, te estarás perdiendo el verdadero
tesoro.
Si es así, te convertirás en prisionero de los juicios de otras
personas, en tu deseo de probar que eres válido. Si es así, escalarás
cegado y sentirás un inmenso fracaso si no haces cumbre. Y si tienes
éxito- volverás a casa, celebrarás tu triunfo, te harás famoso y cuando
llegue el momento en que los focos giren y apunten a otra persona,
terminarás vacío, buscando desesperado nuevos caminos para conseguir
breves aplausos y reconocimiento.
En ese empeño perderás el sentido de quién eres realmente, de lo que de
verdad quieres y de lo que te gustaría experimentar- el sentido de lo
que haces debería estar presente en todo momento. Tal vez te gustaría
navegar alrededor del mundo-aunque haya sido hecho cientos de veces
antes-aprender a pintar, o tratar de imaginar de qué hablan los
delfines.
Es realmente maravilloso conseguir cosas sorprendentes y únicas, y
explorar lo desconocido. Sin embargo, deberíamos perseguir nuestros
sueños simplemente porque surgen de nuestra propia curiosidad, no como
un deseo de impresionar a otros. Asegúrate de que escalas el Everest
para tí mismo. Ten buen cuidado de vivir libre.
Reserva el tiempo que necesites para aprovechar realmente la
experiencia.
Mira
las rocas fulgurantes a tus pies. Busca entre ellas oro y rubíes.
Observa avalanchas centelleantes en campos silenciosos por la noche.
Contempla, en lo alto, las estrellas distantes del universo negro.
Busca esa misteriosa montaña fantasma que, imponente, se proyecta tras
un muro de lluvia. Trata de encontrar el arco iris en una nube que danza
en la cumbre del Everest al amanecer.
Escudriña las grietas oscuras, sin fondo, y sus extraños mundos
subterráneos. Mira los seracs de refulgiendo en azul turquesa y verde
esmeralda, en la cascada de hielo. Maravíllate ante las majestuosas
cimas de los gigantes himaláyicos, brillando al sol desde el CIII.
Escucha el viento atronador. Mira como la atmósfera se oscurece a medida
que te acercas a su extremo. Observa los tonos ocres y dorados del
Plateau del Tíbet, frente a los valles verdes de Nepal.
Reza una oración silenciosa por aquéllos junto a los que pasas, y que
descansan para siempre en brazos del Everest.
Mira fijamente a las caras de tus compañeros de escalada, descorazonados
por el miedo o con la determinación de la esperanza, así como tus
propios ojos en el espejo, cuado crees que ya no queda nada dentro de
ti.
Llévate esa experiencia de vuelta a casa. Recuerda que existen toda
clase de cosas fuera de lo común que experimentar, bellezas y tragedias
más allá de nuestra imaginación más
desbordada.
Sólo tenemos que dejar que nuestra mente corra tras nuestros sueños,
enfrentarnos a nuestros temores y conseguir aquello que merece la pena.
Que tengamos éxito o no… eso no importa.
La cima es sólo un pedazo muy pequeño de la montaña. La mayor parte de
la belleza y de las maravillas, las experimentaremos durante la
escalada.
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